
Cuando era niña solía tener la esperanza de encontrar a aquel príncipe azul que la montara en su caballo blanco para llevarla a vivir feliz por siempre, en un castillo al lado de un lago, con un dragón como mascota y unos duendecillos que le preparasen pastel de manzana. Los años fueron pasando y el castillo, los duendes, el dragón e incluso el mismo príncipe fueron reduciendose a vagos y efímeros pensamientos, yendo a parar, finalmente, dentro de una polvorienta caja de cartón bajo de la escalera.
No comments:
Post a Comment